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Noventa años del Seminario Mayor San Fidel



Fecha: 13/09/2015    Identificador: 105


imagen_reflexionEl ardor del corazón sacerdotal enamorado de Jesús hará del sacerdote un apóstol que arrastrará a otros a conocer y amar a Aquel que, por amor, se entregó por todos y por cada uno.

La celebración de los noventa años del Seminario Mayor «San Fidel» nos llena de sentimientos de gratitud a la Santísima Trinidad, por el don maravilloso de contar en nuestra Diócesis de Villarrica con una casa dedicada a la formación de los jóvenes, llamados por Jesucristo a seguirlo como sacerdotes «para pastorear la Iglesia de Dios» (Hech 20,28). Es también una ocasión propicia para agradecer a tantos que han hecho posible la existencia del Seminario hasta nuestros días. A todos ellos el Señor los colme de su gracia.

¡A Jesucristo sea todo honor y toda gloria! Él es el Señor, «el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre» (Fil 2,6-11).

Jesucristo es el «el Señor del sábado», es el Señor del Antiguo Testamento y el Señor de la Nueva y Eterna Alianza. «Gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios los ha reconciliado para hacerlos santos, inmaculados y sin reproche en su presencia» (Col 1,22).

En estos noventa años del Seminario Mayor «San Fidel» ponemos nuestros ojos en el Señor Jesucristo. Sólo en Él adquiere sentido el sacerdocio católico. Los frutos de un Seminario se verifican en el tiempo de acuerdo a lo que le es propio: los sacerdotes que se han formado en él.

La clave del sacerdocio ministerial es Jesucristo, porque es participación en su único y eterno sacerdocio. El sacerdote tiene como centro de su existir a Jesucristo: su persona, su misión, su doctrina y su ejemplo. Él es quien, por amor, llama gratuitamente a seguirle y espera una respuesta libre de amor generoso. Jesús es quien pone las condiciones para su seguimiento. La Iglesia, como su Esposa y como una buena Madre y Maestra, es la encargada de ayudar a asimilar y hacer vida esas condiciones en los años de formación en el Seminario y, después, a lo largo del ejercicio del ministerio sacerdotal.

En los inicios de la vocación sacerdotal, la intención más profunda del corazón es entregar la vida totalmente al Señor y a su plan de salvación. Es por ello que esa etapa está marcada por decisiones radicales, por deseos de vivir intensamente la consagración a Dios. Se está dispuesto a vivir como Cristo pobre, casto y obediente.

Esta entrega al Señor, en el relato evangélico de la llamada de los Apóstoles, se señala con la expresión: «Y, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11). La motivación de esta radicalidad es el conocimiento de Jesucristo y la experiencia gozosa de su amor. Este amor es como un fuego ardiente en el corazón, que impulsa a testimoniar con una vida íntegra lo que se anuncia con la palabra, incluso enfrentando incomprensión y persecución.

La clave de la formación del Seminario es inculcar en el futuro sacerdote una auténtica amistad con Jesucristo. El cultivo de una vida de íntima comunión de fe, amor y esperanza con Él asegura un sacerdocio pleno, feliz y fecundo. El ardor del corazón sacerdotal enamorado de Jesús hará del sacerdote un apóstol que arrastrará a otros a conocer y amar a Aquel que, por amor, se entregó por todos y por cada uno (cf. Gal 2,20).

La amistad con Jesús se da principalmente en lo secreto del corazón, en la intimidad de la oración solo conocida por Él, en la rectitud de intención que busca solo hacer la voluntad del Padre, para su mayor gloria y bien de los fieles. En esta intimidad con Jesús -quien ya no nos llama siervos, sino amigos (cf. Jn 15,15)-, se cultiva el amor primero, el fuego ardiente que da sentido a la entrega sacerdotal, a la pobreza, la obediencia y el celibato por el Reino de los Cielos (cf. Mt 19,12).

Así quiere Jesucristo que sean sus sacerdotes y así también lo quiere la Iglesia. Los fieles de fe sencilla lo saben y también ellos quieren que sus sacerdotes tengan una vida de intimidad con Jesús, que consecuentemente se traduzca en sus palabras y gestos.

Es el Señor quien elige por amor y, a su vez, solo se le puede seguir a Él, por amor, de un modo exclusivo, para siempre, totalmente. Cuando se comprende el misterio insondable de Jesucristo, no se puede sino decir, como San Pablo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,8).

El futuro sacerdote debe establecer una comunión con Cristo de corazón a corazón: «Bajo este aspecto la formación espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión pastoral o caritativa intrínseca, y puede servirse útilmente de una justa -profunda y tierna, a la vez- devoción al Corazón de Cristo […]. Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo sacerdote y Buen Pastor a su amor al Padre en el Espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida» (SAN JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 49).

En cambio, si el sacerdote no vive del amor de Cristo no tiene posibilidad de vivir plenamente el verdadero sacerdocio católico. Lo que vivirá será una caricatura de sacerdote, imbuido de mundanidad y en permanente peligro de corromperse.

Para el sacerdote, Cristo debe ser realmente Alguien. No es solo un ideal, un mensaje, un valor, un motivo para trabajar. Cristo es Alguien con quien el sacerdote puede relacionarse vitalmente, afectivamente, con ternura. Es Alguien a quien puede considerar su Amigo y en quien puede poner toda su esperanza.

La plena dependencia del amor virginal de Cristo, conduce al sacerdote a irradiar este amor a los demás. El amor del sacerdote debe ser siempre y con todos «pastoral», «casto», «sacerdotal». Otro tipo de amor ensucia al sacerdote, envilece su ministerio, le quita credibilidad.

Es por ello que la consagración sacerdotal tiene por característica el don total de sí mismo a Dios. Como Cristo, movido por el Espíritu Santo, hay que someterse al Padre «obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8). El sacerdote, como Cristo, es el buen pastor que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,11).

El don total a Cristo se traduce en el don total a aquellos a quienes la Iglesia le ha encomendado apacentar. El sacerdote debe ser consciente que ha sido elegido por Dios para consagrarse enteramente a Jesucristo, para comunicar su vida a todos a través del anuncio del Evangelio y la celebración de los sacramentos, en la comunión de la Iglesia.

Quien conoce íntimamente a Jesucristo no puede sino hablar de Él. Sabe que Él es a quien todos anhelan en lo más profundo del corazón. Cristo es la única medicina capaz de sanar a la humanidad herida por el pecado. Pero el sacerdote no sólo anuncia con su palabra el misterio de Cristo y lo entrega en la celebración de los sacramentos. El sacerdote además debe anunciar a Cristo dándole su vida entera. Es querer darlo todo con tal de que Cristo sea conocido y amado por todos. Y esto significa darse a los demás.

San Pablo decía: «Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en ustedes» (Gal 4,19). Es por ello que la vida del sacerdote siempre estará marcada por el misterio de la cruz, que es fuente de vida, paz, alegría y fecundidad para los demás, pero más aún para sí mismo.

La celebración diaria de la Eucaristía introduce al sacerdote en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado, del cual se hace partícipe para salvación del mundo. En la Eucaristía el sacerdote realiza en sí lo que dice el Apóstol: «Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor 4,10).

Estas palabras son consecuencia de algo que el cristiano ya sabe desde el momento en que escucha la llamada de Cristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23).

El Seminario Mayor «San Fidel» tiene como desafío ser instrumento de la gracia de Cristo, en la comunión eclesial, para que los jóvenes, configurados a Cristo por la acción del Espíritu Santo en el sacramento del orden sacerdotal, lleguen a ser plenos en humanidad, tendiendo constante y decididamente hacia la santidad, la caridad pastoral y la verdad, al servicio de los fieles en fidelidad a la Iglesia y en la sincera obediencia a la voluntad del Padre.

Para que esto sea posible, nos diría San Pablo: «La condición es que permanezcan cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que escucharon» (Col 1,23).

Pido a la Virgen María, bajo la advocación de «Nuestra Señora del Seminario», y a San Fidel, sacerdote y mártir, que por su intercesión los seminaristas reciban la gracia de llegar a ser santos sacerdotes con «olor a oveja», como dice el Papa Francisco, porque se saben discípulos de Jesús, ministros de la Iglesia y pastores dispuestos a dar la vida por su rebaño.

Francisco Javier Stegmeier.
Obispo de Villarica



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