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El Papa explicó la eucaristía: Dios nos pide poco y nos da mucho



Fecha: 01/03/2018    Identificador: 2794


imagen_noticiaFrío y multitud; la audiencia se desdobla: una parte de los fieles la siguió con mega-pantallas en la Basílica de San Pedro. Francisco rezó por Siria y el Medio Oriente: tierra atormentada de la que quieren expulsar a los cristianos.

«Nos pide poco el Señor, y nos da tanto». Durante la Audiencia general, el Papa Francisco explicó la liturgia eucarística y subrayó que Dios «en la vida ordinaria nos pide buena voluntad, corazón abierto, ganas de ser mejores», y, para «darse a sí mismo en la eucaristía», pide a los fieles la ofrenda simbólica del pan y del vino, «que después se convertirán en el cuerpo y la sangre». Después de la catequesis, Francisco rezó por Siria y por el Medio Oriente, tierra atormentada, dijo a los fieles de lengua arábiga, de la que quieren expulsar a los cristianos.

La Audiencia de hoy, miércoles 28 de febrero, se llevó a cbo en dos lugares diferentes debido al frío que ha hecho en Roma en estos días, explicó el Papa: «nosotros aquí en el Aula Pablo VI y un grupo en la Basílica, porque eran mucho y no se podía hacer en la Plaza, porque parece que hace un poquito de frío; mejor hacerla aquí adentro». El grupo de fieles en San Pedro siguió la Audiencia a través de mega-pantallas y el Papa invitó a los fieles que estaban en el Aula Nervi, al comenzar, a saludarlos con «un aplauso».

En la liturgia eucarística, dijo Jorge Mario Bergoglio, retomando su ciclo de catequesis dedicado al redescubrimiento del significado de los diferentes momentos de la misa, «a través de los santos signos, la Iglesia hace presente constantemente el Sacrificio de la nueva alianza», establecida «por Jesús en el altar de la Cruz. Fue el primer altar cristiano, el de la cruz, y, cuando nosotros nos acercamos al altar para celebrar la misa, nuestra memoria va al altar de la cruz, en donde se llevó a cabo el primer sacrificio». El sacerdote, que en la misa representa a Cristo, «cumple lo que el Señor mismo hizo y encomendó a sus discípulos en la Última Cena: tomó el pan y el cáliz, y, dando gracias, lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomen y coman… beban: este es mi cuerpo… este es el cáliz de mi sangre. Hagan esto en conmemoración mía”. Obediente al mandamiento de Jesús, la Iglesia dispuso la liturgia eucarística en momentos que corresponden a las palabras y a los gestos que hizo Jesús la vigilia de su Pasión».

«Es bello», continuó el Papa, que desde el lunes pasado está ocupado con la periódica reunión con los nueve cardenales que le ayudan en la reforma de la Curia romana, el llamado C9, «que sean los fieles quienes presenten al sacerdote el pan y el vino, porque significan la ofrenda espiritual de la Iglesia allí reunida para la Eucaristía», y «en los signos del pan y del vino, el pueblo fiel pone la propia ofrenda en las manos del sacerdote, quien la deposita sobre el altar o mesa del Señor, “que es el centro de toda la Liturgia eucarística”. El centro de la misa es el altar, y el altar es Cristo. En el “fruto de la tierra y del trabajo del hombre” es, por lo tanto, ofrecido el compromiso de los fieles de darse a sí mismos, obedientes a la divina Palabra, un “sacrificio que agrada a Dios Padre omnipotente”, “por el bien de toda su santa Iglesia”. Así, “la vida de los fieles, su sufrimiento, su oración, su trabajo, se unen a los de Cristo y a su sacrificio total, y de esta manera adquieren un valor nuevo”», prosiguió Francisco citando el Catecismo. «Claro –añadió– nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita esto poco Nos pide poco el Señor, y nos da tanto. En la vida ordinaria nos pide buena voluntad, corazón abierto, ganas de ser mejores, y, para darse a sí mismo a nosotros en la eucaristía, nos pide estas ofrendas simbólicas que después se convertirán en el cuerpo y la sangre». Al altar «que es Cristo –dijo el Pontífice argentino–, llevamos lo poco de nuestros dones que después se convertirán en lo mucho, Jesús mismo que se da a nosotros. Es lo que expresa también nuestra oración sobre las ofrendas. En ella, el sacerdote pide a Dios que acepte los dones que la Iglesia le ofrece, invocando el fruto del admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza. En el pan y el vino le presentamos la ofrenda de nuestra vida, para que sea transformada por el Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo y para que, con Él, se convierta en una sola ofrenda espiritual que agrada al Padre. Mientras concluye de esta manera la preparación de los dones, nos disponemos a la Oración eucarística». Que la espiritualidad del darse a sí mismo, continuó, «que este momento de la misa nos enseña, pueda iluminar nuestros días, las relaciones con los demás, las cosas que hacemos, los sufrimientos que encontramos, ayudándonos a construir la ciudad terrenal a la luz del Evangelio».

Al saludar a los fieles de los diferentes grupos lingüísticos, el Papa dirigió un saludo cordial «a las personas de lengua arábiga, en particular a quienes provienen de Siria, de Tierra Santa y del Medio Oriente». Una tierra, añadió, atormentada: «debemos rezar por estos hermanos que están en guerra y por los cristianos perseguidos, a quienes quieren expulsar de esa tierra. Recemos por estos hermanos y hermanas nuestras». (VI)



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