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Aldo Trento ha acompañado a 1490 terminales: «Morir con dignidad es dar el último sí al Señor»



Fecha: 17/09/2017    Identificador: 2762


imagen_noticiaUn grupo parroquial provida, atribulado ante el desenlace final del caso Charlie Gard, escribió al sacerdote italiano Aldo Trento, quien dirige en Asunción (Paraguay) la Casa de la Divina Providencia para enfermos terminales, una carta pidiendo orientación. La carta y la respuesta las publica Tempi:

LA CARTA
Estimado padre Aldo:

El "caso" del pequeño Charlie Gard nos ha dejado un sentimiento de impotencia ante la titánica fuerza del mal. No podemos aceptar que la muerte venza la batalla con la vida; que el hombre, con su luciferino orgullo, se arrogue el derecho de decidir sobre la vida de otro. Ha sucedido con el aborto, con la eutanasia y ahora con Charlie. ¿Qué podemos hacer nosotros, que somos un pequeño grupo comprometido en el movimiento por la vida en nuestra parroquia? Hemos leído que usted ha respondido a este desafío con un hospital en el que se acogen enfermos terminales pobres, acompañándolos a morir de una manera verdaderamente humana, conjugando la ciencia médica y la "cariñoterapia". Una respuesta a cuantos aman la muerte más que la vida.

Carta firmada.

LA RESPUESTA
«Mors et vita duello conflixere mirando: Dux vitæ mortuus, regnat vivus». Así cantamos cada año en el día de la Pascua del Señor: «La muerte y la vida ha combatido en un sorprendente duelo. El Señor de la vida, muerto, reina vivo». Creo que estas palabras expresan de manera elocuente la razón de ser de la clínica para enfermos terminales dedicada al Siervo de Dios don Giussani.

Todo comenzó el 1 de mayo de 2004, cuando encontré a una joven madre de cuatro hijos en un tugurio en el que vivía postrada en el suelo, a causa de una rara enfermedad neurológica. La ayudaban los vecinos y su hija más pequeña; los otros tres se los había quitado el Tribunal de Menores. Su nombre era Laura. Decidí llevarla a la parroquia. En ese primer año murieron 57 enfermos. Todos habían vivido solos, abandonados, marginados; pero todos murieron como reyes, llevándose con ellos una historia maravillosa de santidad, porque todos murieron en la paz del Señor.

Santo, de hecho, no es el que ha vencido a las noventa y nueve batallas de la vida; santo es quien, incluso habiéndolas perdido todas, vence la última: esa que se libra contra el mal. Esta batalla se gana cuando la libertad humana, reconciliada con Dios, se entrega totalmente a Su voluntad. El santo es el pecador que acepta la muerte y el dolor como una caricia del Padre que, no queriendo perder a ninguno de sus hijos, utiliza cualquier medio para que se despierten, para que reconozcan Su infinito amor y confiesen la propia miseria pidiendo perdón.

Para todos estos amigos que nos han dejado, el cáncer o el sida no han sido una desgracia, sino el alba de un día lleno de sol. Han muerto con la sonrisa de la Misericordia en los labios, como garantizándonos que ya estaban en los brazos de Dios.

La certeza de encontrar el quid
Para nosotros, que vivimos en la clínica, la muerte no es una «hermanastra fea», sino que es la hermana hermosa. El día de la muerte es el momento en el que confiamos a nuestro amigo o amiga al Señor de la vida; es un día de fiesta porque es el triunfo de la vida. El dolor nos acompaña porque somos humanos, pero la certeza gozosa de que Cristo ha resucitado y vive es la certeza con la que cerramos los ojos de los amigos que se van. Por esto siempre los despedimos con los sacramentos y la bendición y, una vez que su alma ha abandonado su frágil cuerpo (limpio y preparado como el de una esposa o un esposo preparado para sus nupcias), celebramos para ellos la Santa Misa en la capilla de la clínica.

Aquí se muere con dignidad, se muere bien, recibiendo todos los dones que la Iglesia misma regala: la presencia de médicos, enfermeros, voluntarios, sacerdotes. Pero, sobre todo, la presencia de los sacramentos: «Padre, mi vida ha sido una inmundicia, pero aquí estoy en la antecámara del Paraíso».

Hace un tiempo la muerte me asustaba, y aún hoy me es difícil aceptarla. Sin embargo, ahora la veo como la dolorosa, pero no trágica, despedida de todo lo que más amo, en la certeza de encontrar el quid: la única cosa que mi corazón, desde que tengo uso de razón, ha buscado y deseado siempre. Llegará también para mí esa hora y espero poder recibir también yo la gracia que han recibido estos hermanos que, acompañados por los amigos de la Casa Divina Providencia Don Luigi Giussani y por mí, se despiden de la vida con la sonrisa de Dios en los labios.

Para todos nosotros que vivimos esta experiencia, ha sido conmovedor ver cómo nuestros hermanos moribundos se han despedido de la vida en un mundo que, al no soportar la vida, censura la muerte con el olvido, o poniendo fin a la vida misma con orgullo y satánica decisión. La eutanasia no es morir con dignidad, sino en la prometeica y desesperada situación de quien, no reconociendo a Dios como único autor de la vida, pretende ser, como Lucifer, lo que ningún hombre podrá ser nunca: el juez último de la propia existencia. La dignidad de la muerte coincide con el último «sí» por parte de la libertad humana. «Estoy aquí, Señor, para hacer Tu voluntad». En este entregarse a Él está toda la dignidad de quien vive y de quien muere.

Desde el 1 de mayo de 2004 hemos acogido a 1957 enfermos, de los que hemos acompañado a morir a 1490. (Tempi)



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