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Santa María Reina




La imagen que contemplamos es, ciertamente, singular y un tanto extraña: la Virgen María con ornamentos sacerdotales. Pero no es un error ni una equivocación. Es una manera de expresar plásticamente el trascendental servicio de la Virgen María, Madre de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote, en el plan divino de salvación universal. La Virgen María “fue en la Tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, en forma singular, la generosa colaboradora y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo, mientras El moría en la cruz, cooperó en forma del todo sin­gular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es Madre nuestra en el orden de la gracia”.



maria 1 - No es sacerdote, ciertamente, ni pertenece al Colegio apostólico de los Doce, pero con toda razón es Reina de les Apóstoles y Reina y Madre de los sacerdotes. "Aceptando el mensaje divino se convirtió en Madre de Jesús y, al abrazar de todo corazón y sin impedimento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como Esclava del Señor a la persona y a la Obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente". "No fue un instrumento meramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres". ¡Qué sublime espíritu sacerdotal! ¡Qué maravilloso ejemplo, modelo y estímulo para los sacerdotes!

En la Virgen María la Iglesia ha llegado a la perfección: Madre de la Iglesia. Resplandece como modelo de todas las virtudes para toda la comunidad de elegidos. Con razón la iglesia mira a María, fija su mirada en la que engendró a Cristo, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de ella, para que por la Iglesia Cristo nazca y crezca en las almas de los fieles. María es modelo, ejemplo, de ese "amor maternal" con el que es preciso estén animados todos los que en la misión apostólica de la Igle­sia cooperan en la "regeneración" de los hombres. Ahí están en un primer plano los sacerdotes. Notemos que el Concilio habla de "amor maternal", haciendo una clara alusión a la Virgen María. El sacerdote ha de tener un corazón de padre, de madre. Con toda razón exhorta el Concilio a sacerdotes y aspirantes al sacerdocio: "Amen y veneren con filial afecto y confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo muriendo en la cruz les otorgó como Madre". No cabe duda de que el sacerdote será mejor sacerdote si todo lo hace con María, en María. "En" significa "dentro". Desde María, Madre de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.

Jesús en la cruz, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que tanto amaba, dice a su Madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego dice al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa". Hagamos nosotros lo mismo. Nos llevemos a la Virgen María siempre con nosotros, la llevemos en nuestro corazón. En el corazón del sacerdote siempre han de estar Jesús y María, su Madre y Madre nuestra. No echemos a María de casa, ni en nuestra vida sacerdotal ni en nuestro apostolado, como si ella nos estorbara. Tampoco nos quedemos sólo con ella, sin Jesús, ella nunca está donde no está Jesús; ella siempre nos dice: "Haced lo que El os diga".



2 - "Ahí tienes a tu Madre", nos dice Jesús. "Si la nueva maternidad dada a María en el Calvario es un don para todos los cristianos, adquiere un valor específico para los que han consagrado plenamente a Cristo su propia vida. Aquellas palabras de Jesús: "Ahí tienes a tu Madre", asumen una profundidad particular en la vida del consagrado a Cristo, en la vida del sacerdote de Cristo, que siempre actúa en su nombre. El sacerdote está llamado, como Juan, a llevar consigo a la Virgen María, amándola e imi­tándola con la radicalidad propia de su vocación".

La Virgen María, Madre singular de los sacerdotes, por eso mismo, es formadora, educadora eminente de nuestro sacerdocio, nos enseña a ser sacerdotes, quiere y sabe modelar el corazón del sacerdote, sabe, puede y quiere proteger a los sacerdotes en los peligros, cansancios y desánimos. Vela con solicitud maternal, amorosa, para que el sacerdote pueda "crecer en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres".
A los que viven una vida semejante a la de Jesús los mira con una mirada especial, porque ve que se parecen a Jesús, su Hijo amado, sumo y eterno Sacerdote.

La Virgen María es modelo, estímulo y fuerza para nosotros. El sacer­dote está comprometido, consagrado a Dios, discípulo y seguidor de Jesu­cristo. Y la Virgen María es modelo sublime de consagración y seguimiento de Cristo. No está lejos del camino diario, del compromiso de transfor­mación, de transfiguración en Cristo de toda persona consagrada, de todo sacerdote, que ha de ser "otro Cristo". María es modelo de acogida de la Palabra y de la gracia de Dios. Es la "llena de gracia", "Vaso escogido", "Vaso honorable", que acoge sin desperdiciar todas las gracias que el Señor derrama en ella.

Es acogedora de la Palabra, de tal manera que "la Palabra se hizo carne en ella y acampó entre nosotros". Al consentir a la Palabra, al aco­gerla, permitió que Dios realizara en ella grandes maravillas. Soberano modelo y estímulo para el sacerdote, el hombre de la Palabra. Esto nos recuerda de modo especial a los sacerdotes la primacía que hemos de dar siempre a la Palabra de Dios, a la iniciativa de Dios. El ha de tener siempre la iniciativa en nuestra vida. Lo que El quiera, como El quiera, donde El quiera.

La Virgen María es modelo y maestra de seguimiento y de servicio, con dos importantes calificativos: seguimiento incondicional, y servicio asiduo. ¿Y qué es el sacerdote sino un discípulo y seguidor de Jesús y un servidor de los misterios de Dios a los hombres? Pero, no lo olvidemos: seguimiento incondicional, servicio asiduo. María es la primera discípula del Señor y la más adelantada. Ella es disponible siempre en la obediencia y siempre dispuesta, siempre a punto. Dice el Apóstol: "Que el Dios de la paz os ponga siempre a punto en todo bien, para cumplir la voluntad de Dios". Qué maravilla un sacerdote siempre a punto, como María la Virgen del "Sí", del "Hágase", del "Aquí estoy". Qué difícil nos es muchas veces estar disponibles en la obediencia y dispuestos a todo. La Virgen disponible en la obediencia es todo un reto en nuestros tiempos. El sacerdote fiel sabe recoger el reto valientemente.

Miremos a María. Ella acoge el designio de Dios. Ante la Palabra de Dios desmonta todos sus planes. No pide explicaciones. Da el salto a lo desconocido, apoyada únicamente en la Palabra de Dios. Acoge la Palabra y se pone en manos de Dios incondicionalmente, como instrumento vivo y consciente, para que el Señor, por ella, haga lo que sea de su voluntad. Qué maravillas puede hacer un sacerdote así disponible, así dispuesto.



3 - La Visitación es un misterio muy sacerdotal. La Virgen va de camino para comunicar la Buena Noticia de la Encarnación del Verbo, acampado ya entre nosotros. Es la primera evangelizadora, Estrella de la evangelización, Reina de los Apóstoles, Madre de los sacerdotes. No guarda para ella las obras grandes que ha hecho en ella el Señor. Es misionera: en su seno lleva la Salvación del mundo. Jesús se deja llevar por María. María portadora de Jesús, Sagrario viviente, Custodia viva, templo del Señor. Ella posee al Señor y lo lleva a los demás. Va presurosa, dice San Lucas. "El amor de Cristo me urge", dice San Pablo. Esta urgencia ha de estar en el corazón del sacerdote.

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