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Madre de los sacerdotes




La Virgen va presurosa, porque lleva a Jesús dentro como motor, como impulsor, como un fuego. La prontitud en el servicio de Dios, la urgencia en el apostolado es signo de amor intenso, de un gran sentido de responsabilidad. El que ama no hace esperar; el que ama no retarda la solu­ción. La lentitud en la respuesta puede ser fatal, puede llegar tarde a solu­cionar un problema que a su tiempo tenía solución. "Correré en el camino de tus mandamientos cuando me ensanches el corazón". Si el sacerdote es un hombre de gran corazón, lleno de Dios, se apresura en el servicio de Dios a los hombres, hace todo antes, mejor. Los sacerdotes hemos recibido un encargo del Señor: "En la actividad no seáis descuidados en el espíritu manteneos ardientes, servid constantemente al Señor". Activos, ardientes, constantes. Hemos de ser "lámpara que arde y brilla". Hemos de llevar el "Nombre del Señor" como una "Lumbre", dice San Bernardo. Hemos de ser "luminosos", como el Santo Cura de Ars.


madre1 La Virgen en la Visitación es la Virgen de las Visitas. Va de visita, va a visitar. El sacerdote ha de hacer muchas visitas, ha de recibir muchas visitas. Tomemos conciencia de la importancia que tienen las visitas en la vida social, en la vida eclesial, en la vida comunitaria, en la evangelización. Hay que saber estar de visita. Hay que saber recibir bien las visitas. Ésta no es sólo una cuestión de educación y urbanidad, una cuestión de protocolo. Es un tema de primera categoría en la vida familiar, en el ejercicio de la caridad, en el apostolado. El bien y el mal que se puede hacer en una visita. La acogida tiene una gran importancia pastoral, aunque sólo sea una visita, de protocolo. Para un cristiano no hay visitas solo de protocolo, ni se trata solo de quedar bien. Son una oportunidad para dar testimonio de amor fra­terno. Hay muchos "alejados" por haber sido mal recibidos.


La Virgen de la Visitación es también la Virgen de los encuentros. Hemos de hacer visitas, de recibir visitas y nos hemos de encontrar con otros. Todos los días nos hemos de encontrar con Dios y con la gente. Nues­tros pecados vienen siempre de los desencuentros o malos encuentros, por nuestro alejamiento de Dios o del prójimo. Nada se resuelve alejándonos de Dios y alejándonos unos de otro: La solución es ir al encuentro.


Nuestros encuentros pueden ser neutros, negativos o positivos. Es neutro el encuentro que no influye para nada en uno o en el otro. Es nega­tivo el encuentro del que resulta un mal, un enfrentamiento, un choque, una enemistad, un pecado. Es positivo cuando de él resulta un bien, al menos para alguno de los que se encuentran. Qué maravilla el encuentro de María en la Visitación, en la Presentación, con Zacarías e Isabel, con el anciano Simeón y Ana la profetisa.


En todo encuentro, en toda visita de dos, nunca se encuentran sólo los dos; hay siempre un tercero, el Señor. En todo encuentro está presente el Señor. De todo encuentro tendría que salir robustecida la gloria de Dios y el bien de los que se encuentran. De todo encuentro tiene que robustecerse el amor fraterno. Desde luego no nos encontraremos con Dios si andamos dando rodeos para no encontramos con alguien que no queremos.


Un servicio peculiar del sacerdote, que al mismo tiempo es expre­sión de su sincero amor al mundo, a todo hombre y mujer, sobre todo a los más necesitados, es "dedicarse sin reservas y sin mirar atrás, al anuncio de Jesucristo". "Haced esto en conmemoración mía", le ha dicho el Señor, y ahí está la Eucaristía como servicio peculiar del sacerdote. "Id por todo el mundo, anunciad el Evangelio", le ha encargado el Señor. El sacerdote no puede hacer otra cosa. No puede ser descuidado en estas actividades específicas suyas; en el espíritu ha de mantenerse ardiente, activo, cons­tante. Urgen sacerdotes así, sobre todo en estos tiempos tan propensos al derrotismo, a la mediocridad, a la tibieza, a la duda, a la inseguridad en la doctrina y en la exposición de la misma, al miedo, a la angustia. Es urgente el servicio de animación.


madre2 Desalentar, enfriar los ánimos, apagar el fuego de Dios, no es propio del sacerdote, del apóstol, que ha de tener una naturaleza de fuego. La falta de ardor en el sacerdote es un fenómeno quizás demasiado frecuente. Esta falta de ardor se manifiesta en la fatiga y la desilusión, en la acomodación al ambiente, en el ir con el tiempo, en contemporizar con todo lo de moda, en el desinterés y, sobre todo, en la falta de alegría y de esperanza. Esto que Pablo VI ya advertía, está todavía vigente.


Hoy se nos pide a los sacerdotes evangelizar con nuevo ardor. Ardor viene de arder. Hemos de ser lámparas que arden y brillan. Del Santo Cura de Ars se decía: No sé si este sacerdote es erudito, pero es luminoso. Desde luego, no se nos pide ser muy eruditos, sino prudentes, que es lo mismo que poseer la sabiduría de la vida.



4.- La Virgen María es modelo sublime de entrega generosa, delica­deza y sensibilidad. En las bodas de Caná capta el problema y dice a Jesús: "No tienen vino". Y arranca el milagro. El sacerdote ha de ser servicial. María dijo: "He aquí la esclava del Señor". Y Jesús dijo: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve". El sacerdote, siervo de Jesucristo, ha de ser el "servidor de todos". Ha hecho de su vida un don total. Santa Gema le decía: "Madre mía, enséñame a ser como tú para agradar a Dios". Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. El sacerdote ha de ser sensible a las necesidades y situaciones difíciles de las gentes, sobre todo de los más desamparados.

El sacerdote, como el Buen Pastor, ha de buscar la oveja perdida, o mejor, a Jesús perdido en tantas inteligencias sin fe y en tantos corazones sin amor, en tantos alejados y perdidos. Los buscará mejor, si lo hace con aquel afecto maternal, no exento de angustia y dolor con que la Reina de los Apóstoles buscó a Jesús perdido hasta encontrarlo. Hermosa tarea la de buscar almas perdidas, cuerpos y almas, personas hambrientas de pan y de cariño.



madre3 5.- "Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo", nos dice San Juan. Pues este mundo así amado "se confía hoy al amor y al minis­terio de los pastores de la Iglesia", dice el Vaticano II. Qué grande tiene que ser el celo y el amor de estos pastores. "Ama mucho a Nuestro Señor Jesucristo, y luego habla para que otros lo amen", dice San Juan de Ávila al P. Granada. Y a los sacerdotes les dice: "Padres, si los hijos son buenos dan un muy cuidadoso cuidado, y, si son malos, dan una tristeza muy triste, y así el corazón del padre no es sino un recelo continuo, una atalaya desde lo alto y una continua oración, encomendando al verdadero Padre la "salud de sus hijos, teniendo colgada la vida de él de la vida de ellos". Preciosa definición del celo sacerdotal: la vida del sacerdote colgada de la vida de los fieles.

Celo sacerdotal es amor hecho preocupación, anhelo, trabajo, inquie­tud, como de padre, como de madre, por sus hijos. El llamaba a los sacer­dotes "Padres". "Padres, esto es ser sacerdote: que amasen a Dios cuando estuviere enojado con su pueblo; que tengan experiencia de Dios, de que Dios oye sus oraciones; que tengan familiaridad con Dios y virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren. Hombres celes­tiales, ángeles terrenales, y aún más, si pudiera ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos".



6.- El sacerdote es "cara de la Iglesia", dice el Maestro Ávila con lenguaje bien expresivo. Ven un sacerdote y todos ven en él la Iglesia, y muchos juzgan a la Iglesia por lo que ven en el sacerdote. Dicen que la cara es el espejo del alma y en la cara resplandece principalmente la hermosura de todo el cuerpo. Hemos de ser muy conscientes de esto, y no sólo hemos de dar la cara por la Iglesia, sino ser cara de la Iglesia, para que todos vean en nosotros la belleza de la Iglesia, la santidad de la Iglesia. Quien nos vea, que vea en nosotros a Cristo, a la Iglesia de Cristo. "Como en la cara res­plandece toda la hermosura del cuerpo, la clerecía, es decir los sacerdotes, han de ser la principal hermosura de la Iglesia.

"En la cara están los ojos que, no sólo sirven para dar luz al cuerpo para que no tropiece, sino también para llorar los tropiezos que él da y los otros males, como si los mismos ojos fueran heridos. A quienes se ha encomendado las almas, también les es encomendado el Cuerpo Místico, para que lo curen, lo fortalezcan, lo hermoseen con tantas virtudes que sea un cuerpo digno de una tal Cabeza, como es Cristo". Si el sacerdote ama a la Iglesia como a la niña de sus ojos, llorará las heridas y males del cuerpo como si fueran heridas de sus propios ojos.

madre4 Hemos de ser espejos de la belleza divina ante el pueblo, imitando a la Virgen María, Esposa sin mancha ni arrugas. Hemos de parecernos a ella para reflejar su imagen en todas nuestras actuaciones. "Yo deseo, Madre toda Hermosa, que tu imagen se refleje en las almas como en un espejo; que las conserve puras hasta el fin de los tiempos; que levante a los que están caídos; que enderece a los que están inclinados hacia la tierra y son incapaces de mirar al cielo; que dé esperanza a los que quieren imitar el modelo eterno de tu hermosura".

El sacerdote ciertamente personifica de alguna manera a la Iglesia, ven al sacerdote y en él ven la religión, Dios, la Iglesia, todo ese mundo religioso, del que se hacen una idea por lo que ven, oyen y observan en el sacerdote. Esto nos da una gran responsabilidad. Pero responsabilidad es no sólo un peso, un compromiso, sino que es, sobre todo, una posibilidad de responder y de hacer cosas difíciles y costosas, pero necesarias en la vida, que sólo se pueden realizar aceptando esa "responsabilidad". Hay algo en el mundo que sólo se puede hacer siendo sacerdote, un servicio a los hombres que sólo se puede prestar siendo sacerdote, vale la pena asumir todas esas dificultades que lleva consigo ser sacerdote de la Santa Iglesia Católica. El nuestro es un servicio insustituible. Es muy difícil ser sacerdote, pero es muy ilusionante.

Nuestra fidelidad a Jesucristo se tiene que traducir, hoy como nunca, en fidelidad a la Iglesia. "Cristo amó a la Iglesia y se entrega a sí mismo por ella". Este amor de Cristo hasta dar la vida ha de ser el punto constante de referencia de todo sacerdote. Sólo así podremos mantener vivo el celo, el ardor misionero, si nos mueve la solicitud por todas las Iglesias. La Iglesia es como sacramento, signo e instrumento de la unidad con Dios y la unidad de todo el género humano, instrumento de salvación universal.

No estro­peemos este instrumento, no inutilicemos este instrumento con nuestros comportamientos: "Unidos, para que el mundo crea".



7.- La Virgen María es "Madre admirable". El sacerdote ha de pare­cerse a su Madre, ha de ser un hombre admirable, santamente inquieto, inteligente, ingenioso, sagaz, ilusionado, emprendedor, sin miedo al riesgo. En este momento ilusionante que vivimos no podemos ser hombres tímidos, cansinos, repetidores de lo mismo, petrificados, estereotipados. Hace falta imaginación creadora para encontrar repuesta a las situaciones en que nos encontramos, también a esta nueva cultura que llaman laicista, posmoderna, post-cristiana. No valen recetas prefabricadas, de laboratorio; desde la doc­trina, desde luego; pero no podemos quedarnos en dar buena doctrina; urge dar respuestas personales, de compromiso, concretas, de justicia, de caridad, en la vida, en la entrega personal.

madre5 Los santos tienen siempre una respuesta, un estilo original, una crea­tividad imprevisible, siempre adecuada a las necesidades Los otros, los que no son santos se parecen todos mucho, son tan reduccionistas, tan redondos, tan complacientes, tan prudentes, tan aburridos. No podemos ser simples espectadores de lo que está pasando, murmurando y comentando, sin más, denunciando y dando consejos. Nos tenemos que arriesgar. Además de inte­ligencia, ingenio, fantasía e ilusión hemos de tener coraje. Tenemos el peli­gro de revestirnos del ropaje de la seguridad, de la autosuficiencia, se está perdiendo el gusto por la aventura de Dios, tenemos miedo. La prudencia de la carne se apodera de nosotros y nos frena. Tenemos miedo de dar el salto. Todos pasan y nosotros nos quedamos en la orilla de los abismos del porvenir. Hay mucha cobardía.

Nos estamos olvidando que somos herederos de millones de mártires, de vírgenes, confesores de la fe, a los que acusaban de alborotarlo todo. No se trata de ser aventureros, pero no podemos perder el gusto a la aventura de Dios. Hemos de ser hombres del riesgo, hay que arriesgarse. Hemos de ser prudentes, pero nadie nos puede hacer callar la verdad del Enviado por Dios al mundo, que es Jesucristo, el Señor. "Porque algunos se hayan excedido en sus expresiones, experiencias pastorales e investigaciones teológicas, no se puede justificar nuestro miedo y apatía. Algunos quieren hacernos callar. Dice graciosamente Venillet: "Porque un gallo ha cantado demasiado fuerte, quieren convertirnos en capones".

El sacerdote ha de ser un hombre ardiente, ha de trabajar "con el ardor de los santos". El mejor evangelizador es el santo. "La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia". No son suficientes las programaciones, los organigramas, los Planes Pastorales, que hay que hacer, desde luego, ni basta con renovar los métodos pastorales y organizar mejor las fuerzas eclesiales "como un ejército en orden de batalla". Eso hay que hacerlo, pero no está todo en eso. La Iglesia no es una Sociedad de actividades, ni una ONG, ni un Ateneo para discutir cuestiones. Pensemos en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. Tenían dificultades y obstáculos y persecuciones sangrientas, pero llevaban adelante el Evange­lio hasta los confines del mundo conocido. En la base de este dinamismo estaba la santidad de los misioneros, de las comunidades, de los cristianos. Y el sacerdote es el animador de esas comunidades. Nadie puede animar si él mismo no está animado.

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