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Monseñor José Rico Pavés, obispo auxiliar de la Diócesis de Getafe.



Fecha: 01/12/2013    Identificador: 28


imagen_homiliaDomingo I de Adviento Ciclo A.

El Señor viene: la alegría está en juego

Comienza un nuevo año litúrgico y la Iglesia pone en nuestros labios una sorprendente petición: “aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por las buenas obras”. Sabemos que la oración de la Iglesia, realizada en nombre de Jesucristo, es eficaz. El Señor nos mueve a pedir aquello que nos quiere conceder, a fin de que nuestro corazón se disponga a recibir el don. En las lecturas de este primer domingo de Adviento tenemos la orientación que nos lleva a recibir un aumento del deseo confiado, es decir, un aumento de la esperanza. Escuchando aprendemos y aprendiendo nos preparamos. Cristo viene -nos recuerda la Liturgia- y el encuentro con Él no puede ser improvisado. El tiempo de Adviento es ocasión propicia para preparar el encuentro con Cristo y aprender a estar con Él.

El primer Domingo del nuevo año litúrgico destaca, ante todo, la venida de Jesucristo al final de los tiempos. Al inicio se nos anuncia el fin. Tal es la lógica de la esperanza. Puede esperar quien tiene seguridad de lo que estar por venir. En el centro de la esperanza cristiana está la promesa del mismo Cristo, tal como queda recogida en el Credo: “desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. No afirmamos que la venida de Cristo esté fijada para el “fin de los tiempos”, sino que su venida traerá el fin de la creación y de la historia. El desenlace de este mundo acontecerá al venir Cristo en gloria y majestad. No son el azar ni el desorden los que conducen el mundo y su historia. El plan de Dios es salvador porque triunfa sobre la pretensión de quienes se empeñan en plantear el mundo al margen de Él. Confesar la venida de Cristo es proclamar con confianza que le pertenece la victoria definitiva sobre la rebeldía del pecado. Somos salvados en esperanza y la esperanza nos asegura que al final de nuestra vida hay quien nos espera.

Así, la primera lectura de este domingo recoge la visión del profeta Isaías referida a los tiempos del Mesías. Cuando llegue el Mesías anunciado la figura de este mundo se transformará: hacia Él se dirigirán todos los pueblos, de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas y desaparecerán las guerras. El Mesías ya ha venido y en quienes le acogen se produce ya la transformación anunciada por el profeta. Quien recibe a Cristo en su propia vida y cumple su palabra se convierte en constructor de paz para este mundo. Tal es la consigna que nos deja Isaías: “caminemos a la luz del Señor”.

San Pablo, en la segunda lectura, recuerda la urgencia del momento presente y la actitud propia de quien sabe que al final de sus días se encontrará, ya sin velos, con el Señor. Nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. Necesario es conducirse en este mundo con dignidad, como en pleno día, dejando las actividades de las tinieblas y revistiéndose de los mismos sentimientos del Señor Jesucristo. Quien tiene esperanza no cae en las trampas del mundo -comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno o riñas, dice el apóstol-, sino que reconoce la dignidad recibida y la altura de la vida a la que ha sido llamado. La esperanza ordena la vida y la dignifica.

Jesucristo, en fin, nos recuerda en el pasaje evangélico de este Domingo que su venida acontecerá cuando menos lo esperemos. Sus palabras son invitación a la vigilancia. La esperanza nos hace vigilantes: porque sabemos que Cristo nos espera, preparamos ahora el encuentro definitivo con Él reconociendo ahora su presencia velada y saliendo a su encuentro para permanecer en Él. Para quien cuida ahora el trato con el Señor en los sacramentos –principalmente en la Eucaristía-, en su Palabra, en los ministros que actúan en su nombre, en la asamblea reunida en torno a Él y en los más necesitados, verá aumentado su deseo confiado de estar para siempre con el Señor y cuando llegue este encuentro definitivo con Él irrumpirá la alegría sin término. Cristo viene. Salgamos a su encuentro. Nuestra plena alegría está en juego. ¡Feliz domingo!.



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