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Carta Pastoral del Obispo de Getafe, sobre el Año de la Esperanza (I)



Fecha: 23/02/2014    Identificador: 59


imagen_cartaLLEGÓ A DONDE ESTABA ÉL
CAMINANDO HACIA LA GRAN MISIÓN DIOCESANA
AÑO DE LA ESPERANZA

LLEGÓ A DONDE ESTABA ÉL
“Un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo se compadeció”(Lc 10,33)

Introducción.
Queridos hermanos y hermanas, sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos:
En mi carta pastoral “Llenos de amor por el hombre, con la antorcha de Cristo en la mano”, del 15 de Junio de 2012, os proponía conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la Diócesis promoviendo una Gran Misión. “El Señor nos llama -os decía– a todos y cada uno de nosotros para que en el seno de la Iglesia, en nuestra Diócesis, anunciemos el Evangelio de Cristo a los que no lo han recibido plenamente, a los que lo recibieron, pero se alejaron de la Iglesia y,
también, respetuosamente, a los no creyentes o a quienes se confiesan agnósticos o abiertamente ateos”.
Hablar de Misión para un determinado año, en modo alguno significa que hasta que llegue ese momento la Iglesia se despreocupa de la Misión. La Iglesia siempre es misionera; la Iglesia existe para la Misión. Si proponemos una fecha determinada para unirnos en la Misión es porque, como os decía en mi carta anterior, estos venticinco años transcurridos han ido configurando nuestra historia familiar con una identidad y personalidad propia y la Gran Misión ha de ser para nosotros un momento que nos ayude a fortalecer los vínculos
diocesanos, a acrecentar nuestra vocación misionera, a reflexionar juntos sobre los logros y retos que suponen estos veinticinco años de historia y a mirar el futuro con esperanza.
La Gran Misión ha de ser un momento de gracia para renovar, con espíritu misionero, nuestros proyectos pastorales y nuestros modos de pensar y de actuar; y para abrirnos a la novedad de Dios. Porque lo cierto es que en la Iglesia siempre hay novedad. Y la novedad está dada por los desafíos que nos marca el tiempo presente, la época que estamos viviendo. Esta es la maravilla de la presencia del Espíritu en la Iglesia. El Espíritu siempre sopla para encontrar lo nuevo en lo ordinario, renovando lo cotidiano, porque es Cristo el que hace nuevas todas las cosas. “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando no lo notáis” (Is 43,18).
La parábola del Buen Samaritano puede servirnos de “icono” para entender la Misión. Jesús es el “buen samaritano” por excelencia. El “buen samaritano vio al hombre caído, se conmovió, se acercó, le curó, le subió en su cabalgadura, le llevó a la posada, y pagó al posadero para que lo cuidara. Jesús es el verdadero prójimo del hombre caído por el pecado, es el Bendito que viene en el nombre del Señor, el Dios con nosotros, el Dios que estará con nosotros hasta el fin del
mundo. El despojo que supone esta apertura del Señor, esta cercanía, este dejarse tocar por la gente que lo reclama y lo va como “deshilachando”, sacándole gracia tras gracia, es un despojo total que tendrá su expresión máxima en la Cruz, pero que el Señor fue viviendo día
a día.
La Gran Misión no la hacemos nosotros; la hace el Señor con nosotros. Sólo viviendo la comunión plena con el Señor, en el Misterio de su Cruz y Resurrección, podremos ser, a modo de “buenos samaritanos”, verdaderos misioneros.
I. Hacer memoria del año de la fe.
En este tiempo transcurrido hemos empezado ya a prepararnos para la Gran Misión, caminando con toda la Iglesia en el Año de la Fe. Han sido muchas las iniciativas pastorales y muchos también los frutos. Hemos vivido el acontecimiento de la renuncia del Papa Benedicto XVI y la llegada al pontificado del Papa Francisco. Y hemos recibido como uno de los primeros frutos de este pontificado la Carta Encíclica Lumen fidei. En la fe, nos dice el Papa en esta Carta, “reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra Buena y,
que si acogemos la Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría. Fe, esperanza y caridad, en admirable urdimbre, constituyen el dinamismo de la
existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios”. Esta admirable “urdimbre” de las tres virtudes teologales es la que queremos ir desplegando, con la gracia de Dios, en la preparación
para la Gran Misión. Al Año de la Fe, seguirá el Año de la Esperanza y el Año de la Caridad. Con este dinamismo de las virtudes teologales queremos seguir caminando hacia la plena comunión con Dios, como Iglesia diocesana, siendo misioneros y atrayendo a la vida divina a
esa gran multitud de hermanos nuestros que aún no han descubierto el gozo de la fe. Tenemos que anunciar a nuestros hermanos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está muy cerca de nosotros con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación y que alienta incesantemente nuestra esperanza.
En el todavía corto, pero muy intenso ministerio, del Papa Francisco, hay una llamada constante a la Misión. Una llamada que ha resonado con fuerza en la reciente JMJ de Río de Janeiro. “¿Qué es lo que espero como consecuencia de la JMJ? -les decía a los jóvenes peregrinos llegados de Argentina–: Espero lío. (...) Quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera. Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones, son para salir, si no salen se convierten en una ONG y la Iglesia no puede ser una ONG” . El Papa no quiere que caigamos en la trampa del secularismo que pretende que la Iglesia se doblegue a los dictados de la moda y se contente con ser una ONG piadosa para consuelos privados y para algunos servicios humanitarios.
Y en el encuentro con los voluntarios, fue todavía más lejos. Les habló de la revolución de los santos, “Dios nos llama a todos a la santidad, a vivir su vida. (...) Os pido que seáis revolucionarios, os pido que vayáis contracorriente, os pido que os rebeléis contra esta cultura de lo provisional que cree que no sois capaces de asumir responsabilidades, que no sois capaces de amar verdaderamente. Yo tengo confianza en vosotros, jóvenes, y pido por vosotros. ¡Atreveos a ir contracorriente! ¡Atreveos a ser felices! porque, a fin de cuentas, Dios llama a opciones definitivas, tiene un proyecto para cada uno: descubrirlo, responder a la propia vocación, es caminar hacia la realización feliz de uno mismo”.
El Papa nos invita a sentir la urgencia de la Misión: “Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. (...) La Palabra recibida se convierte en respuesta, confesión y, de este modo, resuena para los otros, invitándolos a creer. (...) La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y
reflejar a otros su luz”. Anunciar a Jesucristo en nuestros días exige coraje y espíritu profético. Hemos de ser muy conscientes de que la fe ha de llevarnos a engendrar modelos culturales alternativos para la sociedad actual. Esos modelos ya existen y, con espíritu misionero, se
los debemos mostrar al mundo.
Os animo a preparar con entusiasmo la Gran Misión. Os invito a reflejar en vuestra vida la luz de Cristo. Y que esa luz brille en el corazón de todos los hombres. Este Año de la Fe nos ha ayudado, como pedía Benedicto XVI, a descubrir el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia y del Pan de Vida ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6,51). El Señor nos sigue diciendo con insistencia: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn6, 27).
II. Insertar lo nuevo en lo cotidiano.
Una preocupación que surge inmediatamente es ¿cómo insertar la novedad de la Gran Misión en la pastoral ordinaria? ¿Supone la Gran Misión una interrupción de las tareas ordinarias de nuestras parroquias, movimientos, asociaciones, colegios o comunidades?.
Pensar esto sería absurdo. No sólo no debe interrumpir las tareas ordinarias sino que debe dinamizarlas.
En la Gran Misión tenemos por delante la apasionante tarea de hacer renacer el celo evangelizador de nuestras comunidades eclesiales, en el horizonte exigente y comprometido de la pastoral ordinaria, de acentuar la necesidad de una conversión pastoral y un estilo misionero en toda actividad pastoral cotidiana. Para ello, la Gran Misión, nos ofrece la posibilidad de realizar proyectos de misión organizados, capaces de llegar a todos los ámbitos de la vida social
y de formar espiritualmente misioneros, llenos de Dios, que, como buenos samaritanos, encarnen y hagan visible este renovado estilo misionero. Esto permite que cada comunidad eclesial pueda adecuar su camino misionero vinculándolo con las prioridades pastorales
que se vienen trabajando. Así la misión no aparecerá como punto de partida o como algo desvinculado de la vida ordinaria sin tener en cuenta el camino anterior, sino que vendrá a renovar y potenciar lo que se está haciendo”.
Podemos señalar, en concreto, cuatro ámbitos de la pastoral ordinaria que la Gran Misión puede y debe dinamizar:
1.- Alentar un espíritu misionero en la organización misma de la pastoral diocesana y, en especial, de la pastoral parroquial.
Para que la Misión no quede sólo en un gesto misionero, el gran desafío es el de renovar la pastoral ordinaria, desde un nuevo estilo misionero. Para ello es fundamental poner la mirada en la parroquia como institución pastoral privilegiada en la tarea evangelizadora. Cada parroquia, bajo el impulso de la Misión ha de renovarse en orden a aprovechar la totalidad de sus potencialidades pastorales para llegar, efectivamente, a cuantos le están encomendados. Para ello es muy importante saber acoger con cordialidad y respeto a quienes se acercan a nuestras parroquias. Será una ocasión para mostrar el rostro maternal de la Iglesia y para considerar estos encuentros como momentos privilegiados para la evangelización y ocasión para dar
testimonio personal de Cristo. La Misión comienza, en el momento mismo en que alguien descubre a la Iglesia como casa y escuela de la comunión.
La Misión tiene que ayudarnos a promover una pastoral acogedora de las personas y de sus búsquedas, sufrimientos, dudas, temores y oscuridades. Esta pastoral acogedora requiere tener espacios cálidos y acogedores, para recibir a las personas y, sobre todo, corazones llenos de amor divino, capaces de escuchar. Tenemos que decir: no a la burocracia innecesaria, no al desinterés, a la frialdad o a las prisas; sí a la actitud llena de afecto; sí a la cercanía; sí a la ternura. El Papa Francisco nos decía recientemente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad.
Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras la batalla”.
2.- Dar prioridad a una pastoral misionera desde la catequesis de iniciación.
Todos somos conscientes de la dificultad que hoy existe en la transmisión familiar de la fe. Muchos niños nos llegan a la catequesis sin saber hacer la señal de la cruz y cada vez se retrasa más el momento del Bautismo e, incluso, ya en muchos casos, ni se celebra. Hoy va siendo cada vez más frecuente ver en nuestros barrios muchos niños sin bautizar. Y si no hay Bautismo no existe el vínculo primero y más esencial con la Iglesia, y no existe, por tanto, ningún grado de
pertenencia a ella como familia.
Hay que pensar en cómo afrontar una decidida pastoral bautismal, donde la invitación a los padres, a partir del anuncio del Kerigma, consista en presentar el Bautismo como la puerta de la fe y camino para esa vida plena, que todos los padres desean para sus hijos.
La novedad misionera debe estar en agregar a la preparación prebautismal, una pastoral post-bautismal, donde la Iglesia haga visible que se hace cargo de los hijos que engendra. Y que este camino post-bautismal oriente y acompañe a los bautizados, y a sus padres, hasta la culminación
de la catequesis de iniciación en la Confirmación y la Eucaristía.
La novedad misionera ha de estar también dirigida hacia los adultos, no bautizados, para ofrecerles el catecumenado diocesano bautismal; y a todos aquellos que, estando bautizados, se alejaron de la fe para que siguiendo también un camino catecumenal, llegan al encuentro personal con Cristo y con la Iglesia.
Hemos de aprovechar este impulso misionero de toda la Diócesis para despertar en nuestros catequistas la inquietud misionera y para acrecentar la conciencia de su vocación bautismal que les convierte en discípulos del Señor y en misioneros de la fe, ayudándoles a desarrollar el potencial misionero que hay en cada bautizado.
3.- Promover el compromiso misionero hacia una sociedad justa y responsable. Promover la pastoral familiar y la Doctrina Social de la Iglesia.“Precisamente por su conexión con el amor (cf. Gal5.6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz.
La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por ese amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor.
La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida en común. La fe no aparta del mundo, ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría
mantener verdaderamente unidos a los hombres. (...) La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común”.



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