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Carta Pastoral del Obispo de Getafe, sobre el Año de la Esperanza (II)



Fecha: 23/02/2014    Identificador: 58


imagen_cartaLa Misión ha de abrir nuestros ojos, como nos dice el Papa, a las necesidades de los hombres para poner la luz de la fe al servicio de la justicia, del derecho y de la paz. La Misión nos invita a presentar la Doctrina Social de la Iglesia, en nuestra pastoral ordinaria, como camino formativo y de compromiso con la construcción de la sociedad y, en especial, poniendo el énfasis en la pastoral familiar y educativa. FRANCISCO.Lumen fidei,
Desde esta perspectiva, la Misión, debe ayudar a caer en la cuenta de la escasa participación de los cristianos en los asuntos públicos como agentes de transformación de la vida social, económica y política, y a despertar vocaciones para el compromiso social y público.
La Misión ha de hacernos salir también al encuentro de las necesidades de los pobres y de los que sufren y crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad.
4.- Desarrollar procesos misioneros permanentes.
Junto con la renovación misionera de la pastoral ordinaria, habrá que extender la presencia misionera, al modo de un proceso permanente, incluyendo aquellas acciones puntuales que ayuden a encender y mantener vivo el ardor misionero. No nos podemos contentar con esperar a los que vienen. Por tanto, imitando al Buen Pastor que fue a buscar a la oveja perdida, una comunidad evangelizadora ha de sentirse movida constantemente a expandir su presencia misionera en todo el territorio que ha sido confiado a su cuidado pastoral y también en la misión orientada a otros pueblos.
“Lo nuestro es promover procesos, más que llenar espacios. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la Historia.
Esto nos hace preferir las acciones que generan dinámicas nuevas. Y esto exige paciencia y esperar”
Este es el ámbito que más reclama una pastoral de conjunto diocesana. Es el Obispo, junto a todo el presbiterio, los religiosos y religiosas y los fieles laicos quienes han de descubrir, cuáles son las realidades más necesitadas de la luz del Evangelio, y cuáles son los procesos de evangelización misionera que debemos promover. La Misión ha de ayudarnos a entender que hay acciones misioneras que desbordan la capacidad de nuestras parroquias o grupos apostólicos.
Pensemos en el mundo de los jóvenes, en el mundo de la educación, de la sanidad, de la universidad, y en tantos otros a los que sólo podremos llegar si tenemos una mirada amplia y una capacidad de participación en las iniciativas misioneras que se promuevan desde
la Diócesis.
Hemos de salir de una visión cerrada y absolutizadora de nuestras parroquias, movimientos, carismas o grupos eclesiales, para entrar en un verdadero espíritu de comunión misonera, en una
espiritualidad de comunión y participación.
III. Superar temores y cansancios.
A la hora de plantearnos la Misión surgen, sin duda, muchos temores, desconfianzas y cansancios y buscamos motivos para no entrar en algo que, en cierto modo, nos va a sacar de la rutina ordinaria de nuestro trabajo pastoral. Y nos hacemos muchas preguntas y
ponemos muchos obstáculos para justificar nuestra no participación en la Misión.
He oído a algunas personas, especialmente sacerdotes, que al proponerles la Misión me han dicho: “Lo que se propone en la Gran Misión ya lo vengo realizando en mi Parroquia desde hace años”; “la Misión va a sacar a la gente de mi parroquia”;”la Misión va a multiplicar hasta la saciedad, encuentros y reuniones para hablar en todas ellas de lo mismo”; “tenemos a la gente agotada con tantas reuniones”; “siempre son los mismos los que participan en todo”; “yo ya tengo mi parroquia organizada y esto no hace más que complicarme la vida.”; “al final, después de tantos proyectos y tareas, todo va a seguir igual, seguirán en la Iglesia los que ya están en ella y seguirán estando fuera los que están fuera.”; “las cosas diocesanas, al final terminan por
debilitar la vida parroquial”.
No dudo de que, en estas objeciones, puede haber algo de verdad. Pero reconozcamos también que, muchas veces, detrás de ellas están nuestras “huidas”, nuestros “miedos” y nuestras “debilidades”. Creo además que algunas de estas objeciones son infundadas. La Misión no va a sacar a la gente de la parroquia, sino que la va a ayudar a incorporarse más a ella, a quererla más y a verla como un lugar privilegiado para acoger a todos, y para salir al encuentro de los que
están lejos. La Misión no va a multiplicar innecesariamente reuniones, sino que va a llenarlas de más contenido. La Misión no va a convocar sólo a los que ya se vienen reuniendo, sino que va a hacer posible que se incorporen a ella muchas personas que, como los obreros de la última hora de la parábola, permanecen todavía inactivos
La Misión, ni va a complicar la vida de las parroquias, ni va a debilitar sus actividades, sino que las va a fortalecer introduciendo en ellas el “viento impetuoso” del Espíritu que renueva todas las cosas.
Me permito invitaros a una reflexión, a partir de la pedagogía que Jesús sigue con sus discípulos, sobre estas objeciones interiores.
Quiero que todos, empezando por mí, reconozcamos, la necesidad que tenemos de conversión. En la pedagogía de Jesús, conversión y misión van siempre unidas Cuando meditamos en el Evangelio la pedagogía que Jesús sigue con sus apóstoles y especialmente con Pedro para irles preparando a la misión que les va a confiar, es muy conmovedor ver cómo va corrigiendo sus errores, les va reprendiendo en sus equivocaciones y, sobre todo, les va perdonando sus pecados con infinita paciencia y misericordia. Jesús quiere hacerles ver que la llamada que han escuchado y el ministerio que van a recibir no dependen de sus propios méritos. Les hace comprender que todo es pura gracia y que si son corregidos, una y otra vez, en este ámbito de la elección gratuita y de la fidelidad definitiva por parte del Señor, es signo de su
gran amor por ellos.
El Señor, que es grande en su amor, cuando nos llama a la conversión, lejos de agobiarnos o empequeñecernos, lo que hace es confiar en nosotros y animarnos a ser grandes en su Reino. De
la mano de la reprensión del Señor, siempre viene su misericordia abundante.
Os invito a poner delante de vuestros ojos el pasaje de Lucas sobre la vocación de los primeros apóstoles y lo que podríamos llamar la primera confesión de fe de Pedro (Lc5,1-11). La escena se desarrolla en el contexto de la predicación de Jesús. Una vez que la gente se agolpaba en torno a Él para escuchar la palabra de Dios, estando Él de pie, junto al lago, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de ellas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. El Señor enseña a la multitud desde la barca de Simón, símbolo de la Iglesia, y luego se los lleva mar adentro y los regala la pesca milagrosa.
Al ver esto, Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador. Y el Señor, allí mismo le convierte en pescador de hombres: No temas, desde ahora serás pescador de hombres. Conversión y misión quedan así unidas en el corazón de Pedro. El Señor acepta su aléjate de mí que soy un hombre pecador y le da un sentido nuevo, lo reorienta diciéndole: Yo te haré pescador de hombres. A partir de este momento, Pedro nunca separará
estas dos dimensiones de su vida: siempre se confesará pecador y pescador, pecador perdonado y apóstol enviado. Y, así, también nosotros: nunca debemos separar nuestra conciencia de pecado y nuestra conciencia de misión. La conciencia de nuestros pecados, lejos de apartarnos de la misión lo que ha de hacer es acercarnos a la misericordia de Dios. Somos pecadores, arrepentidos y perdonados que han sido convertidos por la misericordia del Señor en pescadores
de hombres. En el caso de Pedro, sus pecados no le harán desertar de la misión recibida, no harán de él un pecador, agobiado, aislado y obsesionado con su culpa. Él permanecerá con Jesús y será consciente de su misión. Pero, eso sí, la conciencia de su misión no le hará enmascarar su pecado, como les sucedía a los fariseos, que se creían muy justos y despreciaban a los demás
(Lc18,9).
Sólo podremos impulsar la Misión si, reconociendo nuestra condición de pecadores, acogemos con amor la llamada del Señor, la gracia de su elección y nos dejamos corregir por Él.
En el contexto de esta gracia primera de la elección y de la llamada del Señor a la misión, hemos de entender las correcciones que el Señor hace a los apóstoles y nos hace a nosotros. Y así hemos de entender también nuestro camino de conversión. No hay verdadera conversión del pecado que no nos conduzca y nos lleve al ámbito de la misión; es decir, al deseo muy profundo de convertir y ganar a otros para Aquél que nos perdonó y nos sedujo con su llamada a nosotros.
La verdadera conversión siempre es apostólica, siempre es dejar de mirar “los propios intereses” para mirar los “intereses de Cristo Jesús”.
Y, de la misma manera, la verdadera misión de evangelizar y ayudar a los demás a cumplir lo que Jesús nos enseñó siempre ha de partir de esta conciencia de que somos pecadores perdonados. Y ¿en qué aspectos de nuestra vida pastoral nos reprende y nos corrige el Señor? Me voy a fijar en tres:
1.- En primer lugar nos reprende por nuestras huidas que, en el fondo, provienen de nuestra
falta de caridad . Tenemos un ejemplo en la actitud de los apóstoles en la multiplicación de los panes. Están en una situación difícil y comprometida y ellos, desde una lógica humana, se van por lo más fácil y, en cierta manera, por lo más razonable: el lugar está deshabitado y la hora es avanzada. Despide a la gente para que vayan a sus aldeas y pueblos del contorno a comprarse de
comer (Mc6,35-38). Pero el Señor les responde de una manera que les deja desconcertados. Les dice: “pues si el lugar está deshabitado y la hora es avanzada, dadles vosotros de comer”. Es decir: no huyáis del problema, afrontadlo con decisión y contad conmigo; yo estoy a vuestro lado, no os voy a dejar solos; fiaros de mí y habrá comida para todos; nos os quedéis solo en vuestras propias fuerzas; poned de vuestra parte todo lo que podáis y tengáis y yo pondré lo que falta”.
Esta actitud de las “evasivas” y de no querer afrontar los problemas, o mejor dicho, de afrontar los problemas sin contar con la gracia del Señor, aparece varias veces en el Evangelio. Por ejemplo aparece en el caso de la mujer sirofenicia. Dice el Evangelio que una mujer salió
gritando pidiendo ayuda para la curación de su hija.
Entonces los discípulos se le acercaron a Jesús para decirle: atiéndela que viene detrás gritando
(Mt15, 23). Los apóstoles están molestos, no saben qué hacer, y lo que se les ocurre es quitarse el problema de encima y trasladárselo directamente a Jesús. Otro ejemplo lo tenemos con el asunto de los niños. Acercaban a Jesús niños para que los bendijese, pero los discípulos los regañaban.
Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el Reino de Dios (Mc10, 13). Otra vez vemos cómo los apóstoles quieren quitarse de encima a los que molestan. En este caso son los niños; pero podríamos pensar en los que el Evangelio llama “los pequeños”, es decir, los pobres, los incultos, los que no cuentan en este mundo; y también podríamos pensar en los pecadores y en todos los que llevan una conducta indigna y son reprochados por la sociedad. Esta cultura dominante, hipócrita, es muy tolerante con el pecado, pero implacable con los que han sido destruidos por el pecado.
Por otro lado el Evangelio, a la vez que presenta estas actitudes evasivas de los apóstoles que Jesús reprende, nos presenta por dónde iban sus intereses más o menos ocultos. Y esto aparece en las discusiones que tienen entre ellos y que giraban en torno a quién era el mayor.
La conversión de nuestros pecados, de nuestras faltas de caridad por omisión, debe orientarse en esta actitud de disponibilidad, que Jesús nos muestra. La misión del pastor de acoger a todas las ovejas, también las que no son de su redil, implica una verdadera conversión de nuestros egoísmos; y, también, de ciertos comportamientos pastorales. A veces podemos caer, sin darnos demasiada cuenta, en esa actitud de ahuyentar a la gente por nuestro mal carácter o por nuestra estrechez de miras. No tengamos miedo a la bondad e incluso a la ternura. Que no caigamos nunca en esas dos posturas típicas de los malos pastores: la actitud de desentenderse de los problemas diciendo: “que se las arreglen”, o la actitud de la ansiedad que despierta en nosotros el querer solucionar todo sin el Señor y que termina convirtiendo en estéril preocupación lo que debió ser trabajo de servidor fiel.
2.- En segundo lugar el Señor nos reprende por nuestros miedos. Esos miedos son una manifestación clara de nuestra falta de fe . En el pasaje de la tempestad calmada, los apóstoles, llenos de miedo, despiertan a Jesús diciendo: Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
El Señor después de calmar la tormenta les apacigua también a ellos y les dice con un reproche lleno de cariño, pero a la vez aleccionador: ¿Por qué tenéis miedo, es que aún no tenéis fe?- (Mc
4,40). Algo parecido sucede cuando caminando sobre las aguas se asustan creyendo que es un fantasma.
Ánimo soy yo, no tengáis miedo(Mc6,50). En estos reproches, Jesús une sus miedos a su falta de fe: tienen miedo porque no tienen fe. Con este reproche Jesús quiere decir a sus apóstoles,
y nos quiere decir a nosotros, que Él, su presencia, su cercanía, es mucho más fuerte que todos los miedos y que todas las amenazas que puedan hacernos. Quiere decirnos que Él es más fuerte que la prueba, que las dificultades, que la tentación. Cuando no tenemos esto claro, puede ocurrir que caigamos en el pecado por puro miedo.
Por miedo a no ser suficientemente aceptado por los otros, puedo caer en el pecado de la soberbia o de la vanidad. Por miedo a que las cosas no salgan con la perfección que yo quiero, puedo caer también.
3.- Transmitir fielmente.
La cuestión que más nos preocupa, a los que queremos participar activamente en la Gran Misión, es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones, frecuentemente cerrados, de nuestros contemporáneos y en sus mentes a veces distraídas por los muchos resplandores de la sociedad?.
Me remito ahora a lo que el Papa Benedicto XVI, nos dice sobre el modo de hablar de Dios a nuestros contemporáneos. Él nos invita a reflexionar sobre algunas verdades esenciales que hemos de tener en cuenta si queremos hablar de Dios.
a) Nosotros podemos hablar de Dios porque Él ha hablado con nosotros. ¡Dios ha hablado con nosotros! Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha autocomunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el «arte de vivir», el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef1, 5; Rm 8, 14). Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.
Lo que tenemos que llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no es un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia. El Dios de Jesucristo es la respuesta a la pregunta fundamental del porqué y del cómo vivir.
Hablar de Dios requiere, por tanto, una familiaridad con Jesús y su Evangelio; supone un conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito. Hablar de Dios nace, por ello, de la escucha, y de un conocimiento de Dios que sólo puede realizarse en un trato asiduo con Él, en la vida de oración y viviendo según los Mandamientos.
b) El método de Dios es el de la humildad.
Es el método realizado en la Encarnación, en la gruta de Belén y en la sencilla casa de Nazaret, el de la parábola del granito de mostaza. Es necesario no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y lentamente la hace crecer (cf. Mt13, 33). Al hablar de Dios, en la obra de evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de la sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros, en Jesucristo, hasta la Cruz y que, en la Resurrección, nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera.
Ese excepcional comunicador que fue el apóstol Pablo nos brinda una lección, orientada justo al centro de la fe, sobre la cuestión de «cómo hablar de Dios» con gran sencillez. En la Primera Carta a los Corintios escribe: Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado (2, 1-2).
El fruto más importante de la Gran Misión es hacer misioneros que, como el apóstol Pablo, estén llenos del amor a Cristo y del amor a los hombres y estén dispuestos a dejarse guiar, con humildad, por el Espíritu Santo. Misioneros que no se busquen a sí mismos, sino
que su único deseo sea ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Misioneros que quieran predicar, no algo ajeno a sus vidas, sino aquello, que por la gracia de Dios entró en sus vidas, y que es la verdadera vida, que un día se adueñó de su corazón: la vida de Cristo, muerto y resucitado. Misioneros capaces de expropiar el propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos nosotros los que podemos ganar a los otros para Dios, sino que somos nosotros los que debemos esperarlos de Dios mismo.
c) Comunicar la fe es decir, abierta y públicamente, lo que uno ha visto y oído en el encuentro con Cristo.
Comunicar la fe es decir lo que uno ha experimentado en su existencia, y a transformada por ese encuentro: es llevar a ese Jesús que uno siente presente en sí, y se ha convertido en la verdadera
orientación de su vida, para que todos comprendan que Él es necesario para el mundo y decisivo para la libertad de cada hombre.
d) Comunicar la fe es mostrar a los hombres la transparencia de Dios en sus obras y, especialmente, en nosotros.
Jesús nos invita a comprender que en el mundo, en toda la creación, se transparenta el rostro de Dios; y nos muestra especialmente cómo Dios está presente en las historias cotidianas de nuestra vida. Por los Evangelios vemos cómo Jesús se interesa por cada situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo con plena confianza en la ayuda del Padre. Y nos dice que en toda historia humana, escondidamente, Dios está presente y que, si estamos atentos, podemos encontrarle.
Los discípulos que viven con Jesús, las multitudes que le encuentran, ven su reacción ante los problemas más dispares, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él, anuncio y vida se entrelazan: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de una íntima relación con Dios Padre. Este estilo es una indicación esencial para nosotros, cristianos: nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad se convierte en un hablar de Dios en el “hoy”, porque muestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de aquello que decimos con las palabras; muestra que no se trata sólo de palabras, sino de la realidad, la verdadera realidad.
e) La comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría.
Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretar
Tema 7
El juicio de Dios es esperanza
SANTA TERESA (Camino de perfección 40,8)
Plegue a Su Majestad que nos le dé a entender antes que nos saque desta vida, porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podemos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia; pues es a la de quien tanto amamos y nos ama.
JUAN PABLO II, Audiencia general, 8-XI-1978.
Todo hombre vive y muere con una cierta sensación de insaciabilidad de justicia, porque el mundo no está en condiciones de satisfacer hasta el fondo a un ser creado a imagen de Dios, ni en la profundidad de su persona ni en los diversos aspectos de su vida humana. Y así, mediante
este hambre de justicia, el hombre se abre a Dios, que “es la justicia misma”. Jesús, en el discurso de la montaña, lo expresó de forma muy clara y concisa cuando dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
SAN AGUSTIN, Sermón 194
Aquellos tesoros de sabiduría y ciencia, aquellas riquezas divinas, son llamados así porque ellos nos bastaran. Y aquella gran bondad es llamada así porque nos saciara. Muestranos, pues, al Padre, y eso nos bastara. Ya en uno de los salmos, uno de nosotros, en nosotros y por nosotros, le dice al Señor: Me saciaré cuando aparezca tu gloria
[. . . ]. Cuando se vuelva a nosotros, nos mostrará su rostro; y seremos salvados y quedaremos saciados, y eso nos bastará. Cuanto más ames más subirás (SAN AGUSTIN, Coment. sobre el Salmo 83,10)
Concurrirán también (al juicio universal) todos los ángeles, para dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de cada hombre (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. lll, p. 238).
Tema 8
María estrella de esperanza. SAN BERNARDO (La Virgen Madre)
Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María.
Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María.
Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María.
Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María.
En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María.
No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud.
No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas.
Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara.
Joaquín María López de Andújar y Cánovas del Castillo
Obispo de Getafe



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