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Monseñor Atilano Rodriguez, Obispo Siguenza.Guadajara



Fecha: 14/12/2013    Identificador: 56


imagen_cartaQue las lanzas se vuelvan podaderas

El martes, día 3 de diciembre, la Agencia Fides publicaba unas declaraciones del Patriarca Melquita de Antioquía y de todo el Oriente Medio, Gregorio III Laham. Sus palabras ponían al descubierto la creciente preocupación del pastor por la violenta invasión de la ciudad cristiana de Maalula, situada a 40 kilómetros al norte de Damasco, por parte de grupos fundamentalistas islámicos. Estos grupos armados, además de sembrar el terror en la población, habían secuestrado a 12 religiosas del monasterio de Santa Tecla, cuyo paradero se desconoce.

El Patriarca solicitaba ayuda ante la situación de indefensión en la que se encuentra la población, nos ofrecía el testimonio martirial de tres cristianos asesinados por negarse a renunciar a su fe y manifestaba la valiente determinación de los cristianos sirios de «permanecer en aquella bendita tierra, cuna del cristianismo, para dar testimonio del Evangelio y para construir un mundo nuevo y un futuro mejor para la juventud, aún a costa del martirio y del martirio de sangre».

Estas dramáticas declaraciones del Patriarca tendrían que ayudarnos a tomar conciencia de la realidad de violencia que sufren tantas personas en nuestros días en distintas zonas del mundo como consecuencia del fanatismo religioso y de oscuros intereses políticos. Además, deberían impulsar a todos los gobiernos del mundo, no sólo a denunciar estos y otros hechos similares, sino a poner los medios para que el derecho a la vida y a la libertad religiosa de todos los hombres no se quede en la simple firma de unos papeles, sino que obligue al respecto escrupuloso de los mismos. Los intereses económicos y financieros no pueden prevalecer sobre el derecho a la vida y sobre el derecho de todo ciudadano a confesar públicamente sus convicciones religiosas.

Tendríamos que preguntarnos: ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, el siglo de la democracia y de las libertades, haya gobiernos que estén financiando económicamente la venta de armas a estos grupos radicales? ¿Qué papel juegan los organismos internacionales en las relaciones con aquellos países que violan sistemáticamente los derechos humanos, aunque los hayan firmado en su día? ¿Cómo pueden quedar sin castigo las torturas, amenazas y secuestros de cristianos o de miembros de otras religiones por el siempre hecho de confesar y celebrar su fe?

Al no encontrar respuestas fundadas para estas preguntas, uno llega a pensar que hemos perdido la capacidad de conmovernos ante el sufrimiento de los demás. El Papa Francisco lo dice muy acertadamente, cuando señala en su reciente Exhortación Apostólica «La alegría del Evangelio»: «Casi, sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe» (Eg 54).

Estamos viviendo el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para recibir al Señor y momento de esperanza por la presencia entre nosotros del Príncipe de la paz. Pidámosle con fe y confianza que se cumpla en nuestros días la profecía de Isaías, cuando anunciaba el advenimiento de unos tiempos nuevos, en los que las armas se transformarían en arados, las lanzas en podaderas, los pueblos ya no levantarían la espada contra otros pueblos y los hombres no se adiestrarían más para la guerra sino para la paz.

Con mi sincero afecto, que la paz del Señor inunde nuestros corazones.

+ Atilano Rodríguez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara



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